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Hace frío en Chía y una inusual y gigantesca luna llena ilumina lo que aparentemente es una noche de viernes desolada, quieta, como adormecida.

Los agentes de tránsito de turno -cinco hombres y una mujer- coinciden en que tanta tranquilidad tiene una razón certera.

“Este fin de semana no es quincena”, dice uno de ellos mientras enciende un cigarrillo que resulta provocativo hasta para quien no fuma.

El dispositivo de control, a cargo de la directora de Servicios de Movilidad de Chía, Martha Leguizamo, transcurre en silencio. “Esto no siempre es así. Ya vamos a ver qué ocurre”, sentencia ella con tono dulce, como quien no cree en las apariencias.

Desde que arrancó el operativo, a eso de las 10 de la noche en la entrada a Fonquetá, no había ocurrido ninguna novedad más allá de un conductor embriagado a quien los uniformados le adelantaban el procedimiento de inmovilización.

De repente, y algunos minutos después de la media noche, el chillido de los frenos de un lujoso Mercedes Benz que reversa metros antes de llegar al retén y emprende la huída rompe de tajo la pacigüedad del puesto de control, que a esa hora se había trasladado a la Av Pradilla.

Con agilidad, el agente Ropero, enciende su moto y empieza una persecución cinematográfica.

Junto al Mercedez blanco también huye un Volkswagen rojo conducido por una mujer.

Con las sirenas encendidas, Ropero y tres de sus compañeros interceptan minutos después los dos vehículos en el sitio conocido como Ponylandia.

Cercados por las motos y las luces rojas y azules, ambos conductores abajo de los vehículos permanecen inmóviles, sin mirarse, pese a que son esposos.

La escena se parecía mucho a otra que ocurría cerca de ese lugar, en frente de Parmalat, por la Variante. En vez de agentes de tránsito, unos 20 taxistas mantenían encerrado a un vehículo particular. Lo acusaban de hacer transporte ilegal. De ser un Uber.

Dentro del vehículo, un Chevrolet vinotinto, una pareja de adolescentes presos del pánico habían dejado atrás los efectos del alcohol y llamaban angustiosamente a sus padres. El conductor, mientras tanto, aseguraba ser familiar de los muchachos.

Leguizamo acude al lugar acompañada de un par de agentes y luego de llevar en la patrulla que ella conduce a la pareja de esposos al hospital San Antonio, para que las pruebas de alcoholemia soporten la sanción que les espera: al menos 5 años de prohibición para conducir y multa por cerca de 8 millones de pesos cuando menos para cada uno.

“Aquí esta la prueba de que sí es Uber”, dice uno de los taxistas mostrando su celular. El hombre reproduce un video en donde aparece el joven conductor del Chevrolet borrando la plataforma de Uber de su propio teléfono celular, herramienta con la cual estaría trabajando ilegalmente.

Al final, y ante la prueba, el joven acepta que trabaja con Uber.

Al final de la noche, ya con el alba, los resultados eran contundentes. Los agentes habían inmovilizado en total seis vehículos por falta de documentos, por alcoholemia y por transporte ilegal, cifra más bien baja para una noche de no quincena en Chía.

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